17/12/08

COMUNICARSE CON LOS MUERTOS

Tengo un problema. Cada vez que oigo a alguien decir que se comunica con los muertos, me siento identificado. El otro día, Brad Pitt aseguraba que, mediante el esoterismo, podía hablar con personas fallecidas. Qué jodío. Carburada por sus “sentimientos cósmicos” y por tres “gin-tonics”, una antigua compañera de la facultad me confesó que se sentaba a tomar café con su abuela muerta. Ah, y no debo olvidar a mi vecina de la escalera. La anciana se dirige a una foto de su marido cadáver y le repite “Qué sí, Manolo, que tienes razón. Ahora hay más hijos de puta que antes”.

Mi problema es que yo también le hablo a los muertos. A los animales muertos. Me ponen un entrecot en la mesa y, “ouija” en mano, trato de establecer contacto con él. Me acerco al “Museo del Jamón” y en lugar de admirar una serie de trozos de carne silentes y salados, siento que todos me dicen al unísono: “¡cómenos, huevón!”.

Eso sí, todavía soy capaz de discernir que esas voces provienen de mi cabeza (incluso utilizan expresiones autóctonas como “bizarro” o “tacto rectal”), para rápidamente salir de la ilusión y clavar mi cuchillo inmisericorde en ese hígado encebollado que previamente me susurraba “a veces, veo muertos”.

Esta sencilla habilidad racional parece vetada para una mayoría de la población. Ahí está el más allá, el más acá, los ectoplasmas, Cristo resucitado, la reencarnación, la energía transmutada, las señales en el poso de un vaso, los poltergeists… y la puta madre que los parió a todos. Esa meada de la pared no es tu tío que te quiere decir algo: se trata de tu amigo Carlos, el “mamazos”, fallando su objetivo. El ruido que oyes por donde normalmente andaba tu primo, no es tu primo: si fuese él oirías puto bakalao.

Asúmanlo; suponiendo que exista un más allá, allí no hay cobertura.

Además, ¿no se han planteado nunca que, de los millones y millones de muertos que nos abrasan con “Qué mal estamos”, “Tengo una revelación que hacerte” o “Los millones de tu tía se esconden bajo el colchón”, alguno podría decir “Joder, aquí vivimos de puta madre. Por fin perdimos de vista a nuestra familia de hijos de puta”?

Aunque, en el fondo, os comprendo. A mí también me gustaría que se dirigiese a mí el besugo que ahora acabo de trinchar… pero no suele ser así. Permanece callado, ensimismado mientras me lo zampo entero. Quedan de él los recuerdos (buenos, malos, indiferentes) y, por supuesto, la cuenta.